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El Libro
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Cocaína Digital
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La droga invisible que todos consumen y nadie reconoce.
La droga invisible que todos consumen y nadie reconoce.
La droga invisible que todos consumen y nadie reconoce.
Más que un libro, es una alerta. Descubre cómo las redes sociales hackearon tu cerebro, vendieron tu atención y transformaron tu autoestima en moneda de cambio. No es ficción. Es el sistema en el que ya estás atrapado.
Más que un libro, es una alerta. Descubre cómo las redes sociales hackearon tu cerebro, vendieron tu atención y transformaron tu autoestima en moneda de cambio. No es ficción. Es el sistema en el que ya estás atrapado.
Más que un libro, es una alerta. Descubre cómo las redes sociales hackearon tu cerebro, vendieron tu atención y transformaron tu autoestima en moneda de cambio. No es ficción. Es el sistema en el que ya estás atrapado.
Tu cerebro ha sido hackeado.
Tu cerebro ha sido hackeado.
Tu cerebro ha sido hackeado.
Y lo peor es que nunca diste tu permiso.
Y lo peor es que nunca diste tu permiso.
Y lo peor es que nunca diste tu permiso.
Más de 4.000 millones de personas participan cada día en el mayor experimento social de la historia: las redes sociales. Plataformas que actúan como el cártel más poderoso jamás creado, distribuyendo la droga perfecta: dopamina en forma de likes, notificaciones y scroll infinito.
Este libro no es un manual para dejar el móvil. Es una autopsia del sistema que convirtió la validación en adicción. A través de documentos filtrados, testimonios de Silicon Valley y una escritura que duele y despierta, Cocaína Digital revela lo que las plataformas no quieren que sepas: que tu atención es el producto y tu ansiedad, el negocio.
“Somos la generación más conectada de la historia… y también la más rota.”
“Somos la generación más conectada de la historia… y también la más rota.”
— Ángel Borondo
— Ángel Borondo
“Somos la generación más conectada de la historia… y también la más rota.”
— Ángel Borondo
Un adelanto que incomoda
Un adelanto que incomoda
Un adelanto que incomoda
Lo sabían.
Y aun así, siguieron mostrándolo.
Durante años, los ingenieros de las principales redes sociales tuvieron acceso a datos que ningún ser humano debería ignorar.
Sabían que cada vez que una adolescente veía cuerpos irreales en su pantalla, aumentaba su probabilidad de odiar el suyo. Sabían que los casos de autolesión crecían justo después de campañas de “tendencias”. Sabían que las chicas de 13 años que pasaban más de tres horas al día en redes tenían el doble de riesgo de pensar en suicidarse.
Y, aun así, no hicieron nada. Porque descubrieron algo más rentable que la atención: el dolor.
El sufrimiento genera más tiempo de pantalla. La tristeza retiene. La inseguridad hace clic.
Los documentos internos de una de las mayores plataformas lo dejaron claro: “El contenido que provoca emociones negativas mantiene al usuario más tiempo en la app.” Traducido: si te duele, te quedas. Y mientras tú creías estar navegando libremente, alguien medía cuánto valía tu tristeza en dólares. Ninguna red fue creada para hacerte feliz. Fueron diseñadas para que no puedas parar. El problema no es que nos manipulen: es que lo hacen con nuestros propios miedos. Cuando un adolescente se compara con un ideal imposible, no está buscando belleza, está buscando pertenencia. Y cada “me gusta” funciona como una dosis de anestesia digital: alivia por segundos, destruye a largo plazo.
El negocio del sufrimiento es simple: si la autoestima de una generación se derrumba, el algoritmo gana. No fue un error de cálculo. No fue un fallo del sistema. Fue el modelo de negocio.
Lo sabían.
Y aun así, siguieron mostrándolo.
Durante años, los ingenieros de las principales redes sociales tuvieron acceso a datos que ningún ser humano debería ignorar.
Sabían que cada vez que una adolescente veía cuerpos irreales en su pantalla, aumentaba su probabilidad de odiar el suyo. Sabían que los casos de autolesión crecían justo después de campañas de “tendencias”. Sabían que las chicas de 13 años que pasaban más de tres horas al día en redes tenían el doble de riesgo de pensar en suicidarse.
Y, aun así, no hicieron nada. Porque descubrieron algo más rentable que la atención: el dolor.
El sufrimiento genera más tiempo de pantalla. La tristeza retiene. La inseguridad hace clic.
Los documentos internos de una de las mayores plataformas lo dejaron claro: “El contenido que provoca emociones negativas mantiene al usuario más tiempo en la app.” Traducido: si te duele, te quedas. Y mientras tú creías estar navegando libremente, alguien medía cuánto valía tu tristeza en dólares. Ninguna red fue creada para hacerte feliz. Fueron diseñadas para que no puedas parar. El problema no es que nos manipulen: es que lo hacen con nuestros propios miedos. Cuando un adolescente se compara con un ideal imposible, no está buscando belleza, está buscando pertenencia. Y cada “me gusta” funciona como una dosis de anestesia digital: alivia por segundos, destruye a largo plazo.
El negocio del sufrimiento es simple: si la autoestima de una generación se derrumba, el algoritmo gana. No fue un error de cálculo. No fue un fallo del sistema. Fue el modelo de negocio.
Lo sabían.
Y aun así, siguieron mostrándolo.
Durante años, los ingenieros de las principales redes sociales tuvieron acceso a datos que ningún ser humano debería ignorar.
Sabían que cada vez que una adolescente veía cuerpos irreales en su pantalla, aumentaba su probabilidad de odiar el suyo. Sabían que los casos de autolesión crecían justo después de campañas de “tendencias”. Sabían que las chicas de 13 años que pasaban más de tres horas al día en redes tenían el doble de riesgo de pensar en suicidarse.
Y, aun así, no hicieron nada. Porque descubrieron algo más rentable que la atención: el dolor.
El sufrimiento genera más tiempo de pantalla. La tristeza retiene. La inseguridad hace clic.
Los documentos internos de una de las mayores plataformas lo dejaron claro: “El contenido que provoca emociones negativas mantiene al usuario más tiempo en la app.” Traducido: si te duele, te quedas. Y mientras tú creías estar navegando libremente, alguien medía cuánto valía tu tristeza en dólares. Ninguna red fue creada para hacerte feliz. Fueron diseñadas para que no puedas parar. El problema no es que nos manipulen: es que lo hacen con nuestros propios miedos. Cuando un adolescente se compara con un ideal imposible, no está buscando belleza, está buscando pertenencia. Y cada “me gusta” funciona como una dosis de anestesia digital: alivia por segundos, destruye a largo plazo.
El negocio del sufrimiento es simple: si la autoestima de una generación se derrumba, el algoritmo gana. No fue un error de cálculo. No fue un fallo del sistema. Fue el modelo de negocio.
¿Te gustaría empezar tus días con un mensaje que te devuelva a ti?
¿Te gustaría empezar tus días con un mensaje que te devuelva a ti?
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No hace falta que lo tengas todo claro. Solo hace falta que quieras volver a ti. El primer paso puede ser tan simple como recibir una idea distinta cada mañana.
No hace falta que lo tengas todo claro. Solo hace falta que quieras volver a ti. El primer paso puede ser tan simple como recibir una idea distinta cada mañana.
No hace falta que lo tengas todo claro. Solo hace falta que quieras volver a ti. El primer paso puede ser tan simple como recibir una idea distinta cada mañana.
¿Tienes dudas o prefieres hablar primero?
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